¡Le damos la más cordial bienvenida a Literalia y esperamos que su visita sea tanto útil como placentera para que regrese a menudo!
Literalia es un proyecto que nació hace ya muchos años, cuando nos desenvolvíamos en el ambiente editorial y veíamos con cierta preocupación y desagrado que la industria comenzaba a adoptar una perspectiva consumista de la ciencia y la tecnología, el área en la que estábamos involucrados por aquel entonces, pero aparentemente sucedía lo mismo sin importar la clase de literatura que se tratase. Quizá la idea de masificar la cultura (sí, como si de tortillas se tratase) no fuera tan mala, sino que la manera de lograrlo era lo que entonces se cuestionaba.
No era posible, por ejemplo, que México quisiera competir contra mercados que tradicionalmente consumían más libros recurriendo a la literatura predigerida o “light”, porque significaba cambiar la calidad por cantidad, por un lado, y también porque históricamente ha quedado demostrado que muchas joyas de la literatura universal no fueron juzgadas tan favorablemente por sus contemporáneos, por el otro. Sin embargo, dicho esquema funcionó (al menos al principio) y la industria editorial cambió rápidamente para dejar de llenar vacíos culturales y dedicarse a crear nichos comerciales. Fue precisamente la época de cuando una que otra editorial se llenaba la boca diciendo que uno (o varios) de sus títulos eran de los más vendidos. Y quizá lo eran, pero no precisamente por la calidad de su contenido, sino porque utilizando la siempre gris mercadotecnia publicitaria comenzaron a vender productos inútiles, pero que prometían agrandar nuestro ego o hacernos pertenecer al grupo de los triunfadores.
Recuerdo incluso una frase muy sonada: la cultura también puede ser negocio… Lo malo es para que algo sea negocio, debe ser rentable. Así, la industria editorial se convirtió en un buen negocio para vender libros, a los que cada vez se les quería ganar más. Esta conducta inflacionaria, desde luego, tuvo como efecto secundario que la gente leyera cada vez menos y como ya no se vendían tantos ejemplares, los precios de los libros aumentaron. Todo con el fin de que la industria editorial siguiera manteniendo sus márgenes de ganancia.
Y mientras tanto, tanto autores como lectores sufríamos la escasez. Los primeros, porque cada vez menos editores estaban dispuestos a publicar sus obras; los segundos, porque dentro de tanta literatura masificada no encontraban libros con los contenidos deseados a precios accesibles. Sin importar qué tan buena fuera la obra, si no garantizaba vender por lo menos cinco mil ejemplares el primer año, no era un negocio que interesase a ningún editor.
Quizá donde este exceso de títulos irrelevantes fue más aparente fueron las áreas de informática, computación y sistemas. A alguien se le ocurrió que se podrían reescribir los manuales de usuario de algún programa y así vender algo que era gratis. Nuevamente tuvo éxito esta estrategia y de la noche a la mañana las librerías comenzaron a comprar más estantes para exhibir todos los libros de computación que comenzaron a aparecer. Incluso se llegó al exceso de dejar en caja otros títulos de literatura, como ensayos y novelas, porque no tenían espacio para ellos y, por otro lado, los libros de computación se vendían muy bien.
Se formó una burbuja inflacionaria que eventualmente estalló creando una verdadera crisis dentro de la industria editorial, que para entonces se había vuelto obesa y perezosa. Muchos gobiernos recurrieron a estímulos fiscales y subsidios tratando de sacarla adelante, pero lo cierto es que el paradigma cambió y en la actualidad la tendencia es la de ya no leer. Bueno, mejor dicho, a ya no comprar costosos libros impresos…
Y es que mientras la industria editorial tradicional buscaba cómo llenarse los bolsillos, los avances tecnológicos convirtieron en realidad el sueño de todo lector contumaz: poder pedir prestado casi cualquier libro para leerlo sin tener que comprarlo. Al instante se formaron grandes bibliotecas en línea que ponían a disposición de sus visitantes cientos de miles de títulos completamente gratis. Muchas obras de la literatura clásica –de esas que nos obligaban a comprar para leer en el colegio– habían perdido los derechos que sobre ellas tenían los editores y así se convirtieron en propiedad del dominio público.
Las editoriales contraatacaron, desde luego. Buscaron que se aprobaran leyes más restrictivas que normaran lo que podemos hacer y no con los libros que compramos; si no se llegó al grado de prohibir que los prestáramos, fue porque los legisladores se dieron cuenta de que algunos de esos proyectos de ley atentaban contra el concepto mismo del uso y usufructo de la propiedad privada. Todavía en la actualidad, la lucha continúa en varios frentes y el conflicto ha causado numerosas bajas entre quienes quieren que leamos solo lo que ellos venden y quienes argumentan que la propiedad intelectual debería ser abolida porque atenta contra el libre flujo del conocimiento.
Lo curioso del asunto es que dentro de todo este embrollo filosófico, legal y hasta ético, las necesidades de quienes nos encontramos a ambos extremos de la “cadena de producción”, no han sido consideradas. Preguntan tan fundamentales como las de qué quiere un escritor o qué quiere un lector han quedado relegadas al olvido mientras se busca un punto de equilibrio entre productores y consumidores.
Pero quienes escribimos, no somos productores de manuscritos, ni quienes leemos somos consumidores de libros… Somos, eso sí, gente común y corriente que cree tener algo bueno que aportar, por un lado, o que necesita adquirir algún conocimiento con fines prácticos o incluso lúdicos, por el otro. Al final, todo se reduce al concepto fundamental de que quienes escribimos queremos que nos lean, y quienes leemos queremos que alguien escriba. Todo lo demás es secundario a este concepto fundamental.
Los verdaderos autores no escribimos por el dinero que nuestras obras nos harán ganar, sino porque encontramos (o creemos haber encontrado) algo que nadie ha dicho o una manera diferente de decirlo, y estamos convencidos de que nuestra aportación será de utilidad para otras personas; los verdaderos lectores, leemos porque buscamos cubrir una necesidad básica y existencial, incluso cuando lo hacemos por pose o para pasar el rato.
Cierto es también que todo escritor al considerar su actividad como un oficio, comience a anhelar que mediante su pluma y talento sea capaz de cubrir sus demás necesidades existenciales, pero eso viene después, cuando ha sido leído. Porque un escritor inédito es apenas una posibilidad sin concretar, un sueño por soñar…
Y aquí es donde entra en escena Literalia.
Somos una editorial electrónica orgullosamente mexicana ubicada en el Puerto de Veracruz con una propuesta novedosa, fresca e interesante tanto para escritores como para lectores. A diferencia de las grandes empresas editoriales tradicionales, no nos mueve el ánimo de lucro. No juzgamos el valor de una obra en metálico y, por lo mismo, no estamos obligados a publicar los trabajos solo de aquellos autores que nos garanticen obtener una ganancia generosa para mantener la pose de que la cultura cuesta.
Queremos publicar obras de cualquier género y dejar que los lectores juzguen la calidad de las mismas; si los autores quieren escribir y los lectores quieren leer, Literalia puede encargarse de la promoción, distribución y, en su caso, comercialización de las obras. Bajo la premisa de que un autor leído es un autor conocido, nuestra casa editorial es la opción ideal para quienes han soñado escribir y publicar algo, pero que han encontrado cerradas las puertas de las editoriales tradicionales porque o bien el tema es poco comercial o el autor es desconocido, algo que en cualquier caso no garantiza que se vaya a recuperar la inversión inicial.
Así pues, sea usted autor o lector, queremos darle la bienvenida a nuestro sitio e invitarlo a que participe de nuestro sueño.
¡Gracias!